miércoles, 23 de diciembre de 2015

El Dios de los obispos


Son como niños. Quien tenga hijos sabrá perfectamente lo que es una rabieta, lo que es una respuesta fuera de tono, lo que es querer justificarse y echar las culpas al otro. Viendo la reacción de algunos prelados de la Jerarquía Católica en España, no cabe sino esbozar cierta sonrisa e hincharse de paciencia.

Recuerden primero al arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares. Hace unas semanas, el cardenal, en su infinita misericordia y haciendo gala de la compasión con la que se deben guiar los representantes de la Iglesia, nos recordaba que a lo mejor los inmigrantes y refugiados que llegan a Europa no son todos trigo limpio.Muy conmovedor.
Ahora, tras las elecciones, los obispos españoles, se sienten inquietos en sus sillones. Creen que poco a poco España se va a la mierda. Veamos dos ejemplos. Por un lado, José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, que afirmó sin ningún tipo de rubor que los resultados electorales son el reflejo de una sociedad enferma. Es decir, los que no habéis votado por la opción de Munilla -que obviamente se adivina casi como el cartel luminoso de un puticlub de carretera secundaria- id corriendo al psicólogo. Por otro,  Manuel Sánchez, obispo de Santander, que asegura que todos los creyentes están preocupados por lo que ha llamado el avance de la izquierda crítica, que suena a algo así como "¡Qué vienen los rojos!", como si aquel que es creyente no pudiera ser de izquierdas.
Como se ve, los obispos españoles viven aún en el mundo de los clichés y los perjuicios, en esa España decimonónica que muchos se empeñan en mantener y recuperar. Y es que el Dios de los obispos españoles, por suerte, dista mucho de ser el Dios de la mayoría de los creyentes. El Dios de los obispos es el Dios del trono de oro, el que está de parte de los fuertes, el lujo y el poder, ese Dios de barrio alto, de golpe en el pecho y de caridad y ayuda mal entendidas. Es un Dios que no vive en la calle y que, por tanto, no conoce la pobreza.
Es ese Dios que controla y vigila cualquier aspecto de la vida privada de su rebaño y, si se lo permitieran, de aquellos que no comulgan con sus creencias. El que reduce la sexualidad a un mero acto de procreación, el que critica el uso del anticonceptivo en cualquier caso. Es ese Dios homófobo, que juzga a aquellos por su condición sexual y pasa de puntillas e incluso esconde cientos de casos de abuso sexual.
Es ese Dios que se mete en política y acumula poder en empresas y medios de comunicación, un Dios al que, por una razón u otra, nadie quiere molestar. Un Dios que no paga algunos impuestos porque a los poderes públicos no les sale de los cojones y que acumula riquezas sin ningún tipo de freno ni vergüenza. Es ese Dios que echa de menos tiempos pasados, controlando un monumento a la ignominia y la dictadura como el Valle de los Caídos, que se preocupa antes por la unidad de la patria que por la cantidad alarmante de pobreza que hay en España a pesar de los cantos de sirena de los de siempre.

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