viernes, 12 de abril de 2013

¿Qué democracia tenemos?



La crisis ha hecho florecer nuevas formas de protesta hasta ahora desconocidas. En los últimos tiempos se ha hecho muy popular el escrache a políticos, esto es, una concentración de protesta ante la vivienda de cargos públicos para hacerles saber el malestar de ciertos colectivos. Rápidamente, los medios de comunicación de derechas y los líderes de opinión que por sus páginas, ondas y pantallas pululan, han procedido a atacar y criminalizar este movimiento, acusándolos de acosar a los cargos públicos. Desde estos medios de comunicación se quejan de que estas medidas de presión se llevan a cabo sólo en viviendas de políticos del Partido Popular. Algún alto cargo del PP ha tildado a los activistas como “filoproetarras”, mientras que otro hacía apología de la violencia si se sentía atacado.

Nuestros gobernantes se molestan si la ciudadanía se sale del camino establecido. De hecho, uno de los argumentos más falaces que se hace desde la derecha española, y también desde la mal llamada izquierda, es la de afirmar que el actual sistema democrático dispone de cauces legales suficientes para hacer llegar el descontento a los que gobiernan. Una falacia más. Pero seamos amables, y supongamos por un momento que una persona o colectivo que ve peligrar su casa, que no tiene trabajo, que carece de recursos, que no ve cómo puede sacar a su familia de la miseria y que día tras día conoce casos de corrupción en la que se desfalcan cantidades millonarias e indecentes de dinero, aún le queda algo de paciencia y respeto en las instituciones como para utilizar esos cauces democráticos.
El primer cauce sería el de hablar cara a cara con el político de turno. Es un cargo público, pagado con nuestros impuestos. ¿Qué menos que dedicar cinco minutos a la gente que gobiernas? Error. Ahora es imposible acercarse a menos de 300 metros, sin olvidar que toda la pléyade de asesores y guardaespaldas que los suelen acompañar convierten en casi una odisea poder contactar con algún cargo público (a no ser que vivas en un pueblo pequeño y sepas dónde vive el alcalde).
Como es imposible acceder a ellos directamente, la gente se organiza y pide asistir como invitados al Congreso de los Diputados, la casa de la representatividad popular que hasta hace poco estuvo sitiada y tomada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. La tribuna de invitados del Congreso está algo alta, pero el grupo ya está dentro. Comienza el Pleno, y los ciudadanos no asisten a un debate, asisten a un cruce de reproches y de acusaciones, de insultos, de más reproches y de más acusaciones... La estrategia del ‘y tú más’ llevada al máximo extremo. La paciencia se agota, y los nervios afloran. No hace falta mucho para que alguien salte y acuse a los diputados de todo. Consecuencia: expulsión del Congreso de los Diputados.
Bueno, pues queda tan solo enterarnos de las decisiones políticas por los medios de comunicación. Pero he aquí que los políticos, sobre todo los que ostentan el poder ahora, encuentran en el monitor de plasma un gran aliado, una vía de “comunicación” con los medios de comunicación, en la que soltar el discurso de turno sin aceptar preguntas de nadie, y en el que los más fieles aplauden a rabiar la perorata del líder, un líder que es incapaz de hablar y responder si se sale del guión. El actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, prometió y reprometió que pondría en marcha una Ley de Transparencia. Se ha quedado en un anuncio, en bonitas palabras. No hay Ley de Transparencia.
¿Qué democracia tenemos, pues? ¿Qué valor le podemos dar a nuestro sistema democrático cuando los representantes elegidos por los ciudadanos se instalan en su particular mundo? ¿Qué valor le podemos dar a nuestro sistema democrático cuando la sede de la representatividad popular es cercada y se convierte en una especie de club exclusivo? ¿Qué valor le podemos dar a nuestro sistema democrático cuando los representantes públicos se niegan a contestar preguntas de los periodistas y cuando se limitan a escupir propaganda?

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