lunes, 30 de mayo de 2011

Violencia

Viernes 27 de mayo. Nueve de la noche. Mi hijo de casi tres años está acabando de cenar. En la televisión empiezan las noticias. El pasado viernes, si lo recuerdan, fue la jornada en la que se desalojó a los integrantes del Movimiento 15-M de la Plaza de Catalunya de la ciudad de Barcelona. Los Mossos d'Esquadra se emplearon a fondo (por utilizar un eufemismo) para sacar a la gente de allí. Los antidisturbios entran en la plaza, y comienzan a cargar. La respuesta de los allí presentes, estar sentados y no responder a las provocaciones. La reacción de los policías: repartir palo a diestro y siniestro, como solo ellos saben hacer, sin mirar pelo.
Como se imaginarán, mi hijo deja de comerse el postre y se queda mirando las imágenes del avance. Y pregunta: "¿Por qué les pegan a los chicos que están sentados en el suelo?" El avance informativo acaba, dejan de aparecer las imágenes de la carga policial y mi hijo deja de hacer preguntas, y vuelve al postre. En las noticias vuelven a la noticia del desalojo, con nuevas imágenes, estas más duras que las anteriores. Mi hijo vuelve a dejar el postre, mira por unos instantes la televisión y dice: "Papá, los chicos que pegan me dan miedo". Apago la televisión. Mi hijo acaba de cenar y se acuesta.
Me dio por pensar. Puede que la violencia sea algo inherente al ser humano, puede que no nos podamos desprender de ella nunca. O puede ser que, en ocasiones, hagamos un uso desmedido de ella, que la tengamos tan asimilada que ya forma parte de nuestro día a día. Puede ser que la transmitamos de generación en generación, para demostrar a los demás y a nosotros mismos que la necesitamos para poner algo de orden en este mundo nuestro tan caótico. Y entonces caí en la cuenta de que la gente que estaba en la Plaza de Catalunya no hacía daño a nadie, no amenazaba a nadie. ¿Acaso hacía falta ese despliegue policial? ¿Acaso hacía falta esa violencia tan gratuita? ¿Acaso el diálogo y los valores de la no violencia es algo trasnochado, pasado de moda? Me niego a creerlo. Mi hijo de menos de tres años me lo hizo ver el viernes pasado.

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