martes, 1 de marzo de 2011

Hagan negocios, que todo vale


Hacer negocios casi siempre está reñido con la conservación de los derechos humanos. Coincido con ustedes en que no descubro nada nuevo, pero al ver ciertas noticias de estos días no hago sino pensar en que esta verdad universal no es sino una consecuencia del sistema neoliberal en el que vivimos, y que poco a poco confiere a los mercados y a la economía en general un papel preponderante sobre el bienestar y derechos inalienables de las personas.
Por un lado, las revueltas en parte del mundo árabe. Poco que decir que no se haya contado ya. Túnez y Egipto en pleno cambio de gobernantes, mientras que Libia se encuentra inmersa en plena guerra civil. La reacción tardía de Occidente en pro de los derechos humanos destapó su hipocresía y cinismo acerca de lo importante que es para el sistema capitalista mantener las relaciones comerciales con países en los que la Declaración de los Derechos Humanos no son sino papel mojado. Y mientras que la Unión Europea y Estados Unidos piden a los gobernantes de Túnez, Egipto y Libia que dejen paso a las democracias, que escuchen a su pueblo, hacen la vista gorda con países como Catar y Emiratos Árabes Unidos, monarquías absolutas en los que derechos fundamentales brillan por su ausencia.
Allí está ahora José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno de España, haciendo negocios y facilitando la inversión de las fortunas del Golfo Pérsico (casi siempre vinculadas a las familias reales) en empresas españolas. Días antes, a nuestro presidente se le llenaba la boca proponiendo una especie de Plan Marshall para los países del norte de África, y exigiendo más derechos humanos. Ahora ha cambiado el escenario, y por tanto también toca cambiar el discurso.
Como ven, es preferible hacer negocios y facilitarlos que exportar derechos humanos. Los primeros pueden vivir sin los segundos. Y eso lo sabe Occidente. Y calla. Y consiente. Y se hace cómplice de unos gobiernos autoritarios. Y cada vez hay menos rubor en mostrar una hipocresía y un cinismo que crece de forma proporcional a las necesidades energéticas de un país. Todo vale.

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