viernes, 11 de marzo de 2011

Gadafi, uno de los nuestros


Cada día que pasa, se va demostrando feacientemente que el conflicto en Libia no hace sino demostrar dos cosas. La primera y principal, que Gadafi es un asesino de masas, un genocida metido a líder de tres al cuarto, un dictador instalado en la más profunda de las ignominias que está masacrando a su pueblo con la excusa de mantener el orden. La segunda, que el mundo desarrollado, con Estados Unidos y la Unión Europea a la cabeza, sigue aumentado su hipocresía y cinismo, llevando a cabo un supuesto papel diplomático que dista mucho de ser útil.
Sobre la naturaleza de Gadafi, poco que comentar que no se haya dicho ya. En estos momentos, el líder libio estaría ganando terreno a los rebeldes. De ganar el conflicto, se avecinan consecuencias inimaginables. Piénsenlo. Tendría la legitimación de las masacres pasadas y futuras, y además dotaría de un modelo a seguir al resto de gobiernos dictatoriales árabes para utilizar la represión más brutal con tal de mantener el poder.
El papel de la comunidad internacional no hace sino confirmar que a las potencias del mundo desarrollado les importa bien poco la suerte de los insurgentes y mucho las consecuencias económicas y sociales del conflicto. Estados Unidos comenzó con un compromiso claro con el pueblo libio, para pasar después a un "dejar hacer" muy vinculado al precio del petróleo. Por su parte, la Unión Europea sigue con sus contradcciones: ahora condenamos a Gadafi, le pedimos que se vaya, reconocemos al Gobierno de los rebeldes, ahora no lo reconocemos (porque únicamente reconocemos Estados, no Gobiernos), jugamos a la diplomacia y alargamos los plazos, unos plazos y unos tiempos que los rebeldes no tienen. La UE, además, sigue más preocupada por la situación de las refinerías de petróleo y por las oleadas de inmigrantes ilegales en el sur de Europa que por asegurar los derechos humanos en el norte de África.
Y todo esto nos lleva a preguntarnos cuál es la parte legítima en el conflicto libio. La indecisión de Occidente es en sí misma una respuesta muy clara. Gadafi es uno de los nuestros, porque es el único que puede garantizar el suministro de petróleo y mantener a ralla al islamismo radical, que por otra parte ya se está frotando las manos con la probable victoria del dicatador libio. La victoria de Gadafi nos conviene. Es por nuestra seguridad.

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