jueves, 25 de noviembre de 2010

De pandemias y contagios


Con el permiso del conflicto entre las dos Coreas, hay dos focos en el panorama internacional. Por un lado, el brote de cólera en Haití que amenaza con campar a sus anchas por todo el Caribe. Por otro, la continua crisis económica y el carácter insaciable de los mercados.
En todo el hemisferio norte, y sobre todo en Europa, se habla de planes de rescate financiero, de medidas para frenar el déficit, de préstamos y deudas nacionales, en definitiva de "contagios". La alarma que estalló en Grecia, se extendió a Irlanda y ahora parece afectar a Portugal es como una especie de pandemia invisible que nadie sabe cómo parar, pues son los "mercados" los que dictan la enfermedad y la misma cura. Esos mercados invisibles, a los que nadie sabe poner cara ni identificar, están condicionando cada vez más la vida de cientos de millones de europeos, ahogándoles aún más con medidas "necesarias" (aunque nadie sabe concretamente para quién).
Y entonces encontramos otro tipo de pandemia en Haití. Esta sí se ve, tiene rostro, es fácilmente identificable y cuantificable (por el número de muertos). Y sin embargo, no despierta el mismo interés que la "pandemia financiera".Occidente abandona a su suerte a Haití, un país en crisis permanente, con niveles de desarrollo ínfimos y con condiciones de vida deplorables, agravadas más si cabe por el terremoto de hace un año. Recuerden que en Haití, además de subdesarrollo, pobreza y miseria, poco más hay de interés. Por eso ni las potencias ni los "mercados" se fijan en ella. Y es que hay imágenes que hablan por sí mismas: bebés en barreños con un cepillo de dientes en la mano intentando aprovechar la poca agua potable que tienen sus padres; u hospitales de campaña atiborrados de víctimas en las que se mezclan goteros y cubos que recogen los vómitos de los enfermos.
Curar la pandemia de Haití es mucho más sencillo que la que sufre el mundo "civilizado". Pero los "líderes" occidentales están mucho más preocupados en contentar a los "mercados" que en solucionar los problemas que de verdad azotan al ser humano, como la pobreza o el subdesarrollo. Así nos va.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Vuelva usted mañana


El imaginario español está lleno de tópicos y clichés. Andaluces divertidos, catalanes agarrados, madrileños chulos, gitanos maleantes y funcionarios vagos, entre otros también muy sonados. Es muy común la imagen del empleado público trabajando menos horas de las que les corresponde, y utilizando una de esas horas, sino más, en almorzar.
Clichés al margen, aún resuena la propuesta del Gobierno de ligar el salario del funcionario a su productividad, a pesar de que en ocasiones ya sucede así. Desde el ejecutivo ya han adelantado que la propuesta se habrá de concretar y negociar con los sindicatos. Este argumento de "incentivos y comisiones", muy extendida en ciertos sectores de la empresa privada, está muy coja. Y explico la razón.
Me llamaba especialmente la atención lo rápido que el informativo de alguna cadena privada vinculada a la derecha de este país aplaudía la medida, y con el argumento de "Salario vinculado a la productividad, como en la empresa privada" abría su informativo a bombo y platillo. Habría que recordar a este medio de comunicación, y por extensión a esos sectores a los que representan, que hay muchos trabajadores de la empresa privada que tienen un sueldo fijo. Y ese sueldo fijo, en muchas ocasiones, no crece, ni siquiera aplicando la subida del IPC. De hecho, muchas empresas han utilizado la excusa de la crisis para recortar salarios trabajando las mismas horas o incluso algunas más.
Ahora, señores de la empresa privada, díganle a la mayoría de la clase trabajadora de este país, es decir, a los mileuristas, a los que trabajan con contratos precarios, a los que con un contrato de media jornada trabajan la jornada entera, a los que trabajan más de ocho horas al día y no reciben horas extras, a los que van de chapuza en chapuza para llegar a fin de mes, a los que necesitan dos o tres trabajos para cuadrar las cuentas, e incluso a los que trabajan gratis, que reciben más sueldo según la productividad. A lo mejor es que son tan estúpidos que no se han dado cuenta. Pues eso, vuelva usted mañana.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Victimismo católico


El Papa ya ha dejado España, y lo ha hecho, como no puede ser de otra manera, con baños de masas tanto en Santiago de Compostela como en Barcelona. Y tras la visita del Santo Padre, ¿qué queda? Apenas manifestaciones de fervor y poco más. Sin embargo, me gustaría llamar la atención sobre un hecho que, a pesar del bombo que se le ha dado por parte de la mayoría de medios de comunicación, se me antoja como un mensaje ciertamente peligroso, como es el de que el catolicismo está en peligro en España, siendo considerado casi como algo peligroso y prohibido. Y nada más lejos de la realidad.
En su viaje a la ciudad gallega, Ratzinger aprovechaba su encuentro informal con periodistas en el avión para denunciar el laicismo imperante en España y la situación que vivía el catolicismo, similar al de los años 30 del pasado siglo durante la II República. Tal vez Ratzinger visitara otro país, o tal vez no conozca la situación de la realidad española referente al catolicismo. Hay que recordarle al Santo Padre que, hoy por hoy, ni se queman ni destruyen iglesias (todo lo contrario), ni se persigue al clero, y ni mucho menos se busca erradicar las creencias religiosas. Habría que recordarle a Benedicto XVI que si hubo un clima anticlerical en la II República fue en parte a la posiciónn que tomó la curia del momento respecto ciertas actitudes totalitarias, su desapego a su labor social y su connivencia con una derecha que podría calificarse de cualquier manera menos de democrática y civilizada (sin olvidar su posterior connivencia con la dictadura franquista).
Revisiones históricas aparte, desde 1978, cuando se aprueba la Constitución, España se considera un Estado aconfesional, que no laico. Esto es, el Estado como tal no hace gala de ninguna manifestación religiosa, aunque se deja libertad de culto. Dicho esto, siguen vigentes los acuerdos entre España y la Santa Sede de final de los años 70. Y, a pesar de la promesa de la Iglesia Católica de autofinanciarse, sigue recibiendo de buen agrado grandes sumas de dinero, y no la veo quejarse por ello, del mismo Estado del que ahora reniega. Además, cada vez hay más facilidades para la apertura de centros educativos religiosos.
Entonces, ¿cuál es el problema? ¿El alejamiento entre Jerarquía Católica y Estado? ¿Las leyes sobre el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo? En el primero de los casos, algo previsible en un Estado aconfesional. En el segundo, una muestra de hipocresía y cinismo de los jerarcas católicos acerca de dos temas sobre los que sus vivencias personales son nulas. La puesta en marcha de estas medidas no significan un ataque al catolicismo como religión, son un avance social, algo que al Vaticano siempre le ha producido verdadero pavor.
Y para finalizar una reflexión dedicada a todos y cada uno de los católicos: ¿realmente les conviene tener una curia así, que por un lado ataca el aborto o el desarrollo de derechos para colectivos minoritarios, mientras que por otro mira con comprensión los casos de abusos?