martes, 28 de septiembre de 2010

Un mal caldo de cultivo


El 27 de septiembre comenaba el juicio contra el mayor entramado de corrupción que ha podido instalarse en un ayuntamiento de la España democrática. ¿Se puede hablar de fin de ciclo y de una manera de entender la política municipal? Yo creo que no. Me explicaré.
Jesús Gil llegaba a la alcaldía de Marbella en 1991, tras haber fundado el Grupo Independendiente Liberal (GIL) y tras una campaña electoral en la que llegó a visitar uno por uno a los votantes de Marbella, sobre todo a los de mayor poder adquisitivo. Para los ciudadanos de Marbella, era la primera vez que un político se preocupaba de verdad por su voto. Gil era conocido por su puesto de presidente del Atlético de Madrid y por su particular manera de gestionarlo. Trasladó esos métodos a Marbella. Los grandes partidos renegaban, aunque con la boca pequeña, de esa forma de hacer política, e incluso mucha gente reía sus gracias en aquel inefable programa emitido en Telecinco, en el que metido dentro de un jacuzzi hablaba por teléfono y se rodeaba de "bellas señoritas ligeras de ropa". A las siguientes elecciones Gil volvía a ganar las elecciones en Marbella, se rodeaba de fieles seguidores (entre ellos Julián Muñoz) y comenzaba una operación de desfalco a gran escala que se descubriría años después.
En 1999 ingresó en prisión, al ser imputado de los delitos de malversación de caudales públicos y falsedad en documento público. En 2002 fue condenado a 28 años de inhabilitación y seis meses de arresto por cuatro delitos de prevaricación, por lo que se vio obligado a abandonar la alcaldía de Marbella por el desvío de 450 millones de pesetas del ayuntamiento marbellí al Atlético de Madrid. Jesús Gil también entró en prisión por la malversación de 4.442 millones de pesetas del ayuntamiento de Marbella entre los años 1991 y 1995. Después de su muerte, en 2004, el Tribunal Supremo lo declaró culpable de apropiación indebida del Club Atlético de Madrid aunque lo absolvió por prescripción. En la misma sentencia lo declaró culpable de estafa al club por simulación de contratos. Tras él llegaron Julián Muñoz, Marisol Yagüe y la disolución del ayuntamiento de Marbella con la explosión del Caso Malaya y la aparición de Pedro Roca como cabeza visible de la red.
Y es entonces cuando los ciudadanos de Marbella, y los del resto del Estado Español, se echan las manos a la cabeza, despiertan de un sueño y se topan con la cruda realidad. En parte puede ser una lectura de lo que ha sucedido, y en parte en una salida por la tangente para no asumir la responsabilidad que toca. Y es en este momento cuando toda una caterva de 'famosillos' comienzan a aparecer en televisión, a desvelar secretos, a decir cosas del estilo 'yo lo sabía', 'yo lo advertí', 'yo conocía a fulanito que a su vez conocía a' y un largo etcétera. Y es entonces cuando la bola ya es imparable, cuando los culpables parecen las víctimas, y todos lloran de desconsuelo y piden medidas humanitarias para salir de la cárcel. Y es aún más sorprendente ver a esos culpables fuera de la cárcel, paseándose por las calles y los platós de televisión como si nada sucediese, con índices de audiencia muy considerables y cobrando sumas de dinero que a muchos trabajdores de este país les costaría ganar.
Entonces, ¿qué responsabilidad se les puede pedir a los ciudadanos cuando año tras año otorgan su confianza a unos representantes políticos que, sin esconderse demasiado, llegan a la alcaldía de un municipio español con la intención de llevárselo calentito? ¿Acaso esos ciudadanos no se olían el percal? ¿Acaso esos ciudadanos no se sienten responsables de nada? ¿Acaso esos ciudadanos no sabían quiénes eran Jesús Gil, Julián Muñoz, Marisol Yagüe, etc, etc? Sí que lo sabían pero, hoy por hoy, eso ya da igual, porque es en este contexto cuando se crea un caldo de cultivo idóneo para que la corrupción se institucionalice, para que sea algo más en el paisaje político de este país, y los partidos políticos se dan cuenta que, a pesar de todo, sale rentable y no resta votos.
Es cierto que los culpables se sientan en el banquillo de los acusados, pero no me negarán que, a pesar de todo, queda una sensación de decepción. Y grande.

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